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El anuncio de la incorporación de figuras de animales en los nuevos billetes que emitirá el Banco Central desde mediados de 2016 no sería tan significativo si el proyecto no se propusiera la transformación general del criterio iconográfico tradicional del diseño de la moneda (reemplazo de próceres por animales en extinción). Evidentemente, el cambio apunta a diferenciarse del efecto provocado por las incorporaciones del retrato de Evita y las Madres de Plaza de Mayo en el billete de 100 pesos o el Gaucho Rivero con el cementerio de Malvinas en el de 50, durante el gobierno anterior. Pero, al imponer su nuevo paradigma animal sobre la totalidad de los billetes en lugar de aplicarlo solo a los nuevos, el cambio se muestra más profundo.

Uno de los argumentos del reemplazo de la historia nacional por la zoología vernácula se basa en que el lenguaje de esta última no acarrearía el carácter polémico que sería propio de la primera. Es fácil creer que la naturaleza así nacionalizada constituya un ámbito neutral que repela la confrontación historiográfica y política, pues los animales, si bien tienen memoria, no tienen recuerdos. En el reino animal no hay historia.

El ajuste de la simbólica oficial al plano de la naturaleza ocluye la expresión de su propia historicidad a la vez que da una plataforma fértil para sus versiones más conservadoras y autoritarias, presentándose empero como un bello jardín. Sabemos que los animales silvestres no respetan fronteras nacionales y toda cita del elemento zoológico en términos de su nacionalidad se vuelve un comentario implícito sobre el dominio territorial.

En esto los nuevos billetes son especialmente cuidadosos: cada animal está acompañado de su paisaje y un mapa que lo localiza. Es más, cada billete está dedicado a una zona del país. Ballena: Mar Argentino; yaguareté: Noreste; guanaco: Patagonia; y así.

En este sentido, más novedoso que la aparición de figuras animales en los billetes es la del dibujo del mapa nacional. La operación zoológica es cartográfica. La selección, enciclopédica y pedagógica, de animales de tierra, agua y aire, se pliega sobre sí misma en un ordenamiento totalizador de especies según sus tres hábitat, iguales a la división elegida por el dominio estatal del territorio.

En resumen, cuando las definiciones de la nacionalidad giran hacia el territorio se vuelven incontestables y obedientes pues allí la soberanía del Estado tiende a ser absoluta.

Si la intención de la nueva iconografía, además, es la de divulgación del alerta sobre la extinción de esas especies, el lugar de los billetes no parecería ser el espacio más adecuado. Dado que la destrucción de la biodiversidad es provocada por la explotación indiscriminada de recursos naturales, los nuevos diseños propiciarán la escena cínica, por ejemplo, de la acumulación de la renta sojera que destruyó el monte norteño con billetes que llevan la imagen del casi extinto yaguareté.

Con todo, la imagen que se aplica al papel moneda es de un tipo muy singular. La ilustración de los billetes demuestra, tal vez más que ningún otro dibujo, que el uso que de ellos se haga es siempre más relevante que su mensaje impreso. Y cuando pase algo de tiempo, el pequeño compendio zoocartográfico que se vendrá con los nuevos billetes podrá sumarse a la clasificación de animales de aquella célebre enciclopedia china citada por Borges: “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”, …(o) dibujados en billetes argentinos.

Carlos Masotta
* Antropólogo UBA.