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Es normal para los argentinos a esta altura, escuchar frases inconexas y desconectadas de la realidad, farfulladas laboriosamente por el presidente argentino, sin que hasta ahora, le hayamos podido encontrar explicación alguna a este fenómeno.

Los pacientes ciudadanos argentinos, nos esforzamos por ponerle voluntad al asunto y en una demostración asombrosa de credulidad, rayana con un rapto de fé mística, el 51% de la población, fue autoconvencido por el grupo Clarín, de que el presidente posee buenas intenciones y capacidad para convertirlas en beneficios para la población.

El tema es que al parecer, semejante acto de confianza, logró cebarlo hasta llevar esas incoherencias a límites estratosféricos.

Porque ¿desde que andamiaje sicodélico, alguien que condena el encarcelamiento de un terrorista como Leopoldo Lopez que incendió universidades y mató gente poniendo alambrados atravesando calles. Y justifica el encarcelamiento de una luchadora social, presa inicialmente por una infracción municipal y luego mantenida presa por sospechas de corrupción, puede atreverse a hablarle al mundo de derechos humanos?
¿Como cuernos un tipo que justifica el acto criminal de balear chicos de una murga puede tener el tupé de aseverar semejante cosa?

Lo único que nos queda entones, es imaginarnos que el presidente desayuna con ayahuasca, porque  la opción restante, es que posee severos problemas mentales permanentes. O como dicen en el barrio, “la gorra le quemó la cabeza y chapeó”

 

Daniel Arce