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Volvía hacía mi casa, en ese pueblo/ciudad donde resido, que no es más que el interior profundo que a veces es invisible.
Ellos, y digo ellos porque eran 3, venían en la Corven 110 bajo la lluvia que no perdona. Él manejando sin casco, el chiquitín de pañales con el H5 que lo hacía un cosmonauta de otro planeta, y ella tan solo con un pañuelo que denunciaba su valentía. Esa que el dolor desconoce.

Así mismo y aferrados, iban juntos, volviendo que no es poco, sin importar esa agua que no cesaba. Me acerqué lo suficiente para ofrecerme a llevarlos, porque me parecía injusto que el clima castigue más todavía. Pero me agradecieron con una sonrisa este pobre gesto que les ofrecí, para recibir como respuesta: “Gracias amigo. Vamos bien. Tranquilo que llegamos”.


Cuando iba a reiniciar la marcha, un poco frustrado, otro poco contento, vino el premio esbozado por esa voz de mujer, que por su calvicie, denunciaba su lucha. “Gracias amigo por parar. La patria es el otro”. Solo atiné llegar a la esquina, y empecé a llorar. Algo habremos hecho. Abrazos debidos.

Gabriel Velxio