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El Zamba roto es una imagen triste, brutal, digna de este gobierno. Más que digna de ellos (dignidad no es una palabra que les quede bien) representa cabalmente lo que vinieron a destruir y qué es lo que piensan sobre el país.

El Zamba roto se suma a los cuadros de los patriotas que sacaron de la casa de gobierno, a la jibarización y manoseo del CCK, a la censura de Telesur, a los ataques políticos contra Madres y Abuelas, al desgaste diario de Cristina, y –si se me permite- también nuestro silencio en los medios es parte de lo mismo. El Zamba roto, la destrucción de símbolos, es el recurso político de este proceso que es básicamente económico pero que necesita de un relato, de ideología, de algo que explique por qué debemos volver a vivir mal.

Los símbolos de aquel país que era Patria, que era soberano y que sostenía la independencia económica y la búsqueda de inclusión y de igualdad entre sus habitantes deben eliminarse para evitar confusiones y conseguir olvido. Zamba roto es la decisión de la entrega de la soberanía, y con la soberanía entregada se van las políticas de inclusión y la independencia económica. Para eso nuestras hijas no deben querer vestirse de Juana Azurduy para su cumpleaños de 5, y nuestros hijos cuando agarren una espada ya no gritarán “seamos libres que lo demás no importa nada”.
La libertad, las luchas de los pueblos, las voluntad de ser iguales, los gritos de independencia, todo eso debe ser borrado de las conciencias para que en esas mentes limpias de Patria puedan entrar los valores del shopping y los espejitos del norte.

La derecha considera que Zamba adoctrinaba a los niños. Adoctrinar es una palabra que refiere a inculcar ideas con el objetivo de tener control social sobre la población. Sería una deformación de la enseñanza (que en teoría nos da herramientas para el pensamiento independiente) para así dominar a las masas que adoctrinadas les faltarían los elementos intelectuales con los cuales poder emanciparse del poder. Como vemos la cosa es absolutamente al reves. Ningún niño que conozca los valores de independencia, libertad, solidaridad, compromiso con los más débiles y con la lucha contra los opresores estará adoctrinado.

Pero es bueno tenerlo en claro. Tener en claro que las únicas doctrinas las dictan los poderosos que supieron refinar su comunicación para la dominación lo suficiente como para que sea invisible. Así es como pretenden que la derecha no adoctrina, no tiene ideología, no tiene relato, ni defiende ideas más allá de “vos vas a ser feliz”.

La doctrina invisible no tiene símbolos fuertes como Zamba, o Chavez, o San Martín. Tiene símbolos de penetración tenue, masiva, indiscriminada. Estoy hablando de símbolos como un auto lindo, un perfume, la tapa de Caras, un café Starbucks, la prolijidad alemana, un celular nuevo, los premios Oscar, la señora de Obama, un reloj, Súperman, una rubia en bikini, o Shakespeare. Valores que parecen indiscutibles, universales, transversales, carentes de ideología, válidos por sí mismos, imposibles de ser acusados de adoctrinadores. Sin embargo de eso se trata. Ahí tenemos a Shakespeare en Tecnópolis en lugar de Zamba.

Y no porque Shakespeare sea de la derecha antipatria, no somos estúpidos. Es la alta cultura de occidente dominando nuestra baja cultura de barbarie. Es la cultura vista desde la centralidad, pero con la triste miseria de que es desde acá que se propone la dominación. Sin historia, sin sujetos, sin tensiones, sin puja de intereses, sin ganadores ni perdedores, y sobre todo: sin “grieta”.

La doctrina invisible es lo que hace sustentable otra doctrina que no se ve pero se siente: la mano invisible del mercado. Eso que Adam Smith propuso como ideal de la economía y que hoy –algunos dicen que por lecturas más salvajes que la intención del autor- nos han traído hasta acá. Con Zamba roto por la mano invisible del mercado.

Carlos Barragán