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A la vuelta de casa en la avenida había una parejita jóven, José y María, que desde que me mudé al barrio hace casi 8 años, los veía siempre. Ellos al principio vendían banderas y gorros cuando jugaba Argentina, vendían pirotecnia para fiestas patronales y demás y demás rebusques, siempre los veía sonriendo, amables, enérgicos. Realmente daban ganas de comprar sus productos.

Mas adelante pusieron en la misma vereda un par de medios tambores en los que asaban pollos los fines de semana (todo esto siempre en la misma esquina frente a un baldío que había en la esquina) Con lo de los pollos conservaron el mismo espíritu alegre y todo lo hacían con mucha higiene. Usaban guantes de plástico (esos tipo bolsita de nylon) y te servían las porciones en descartables envueltos en film, todo muy prolijo.

Evidentemente la calidad de la atención rindió sus frutos, porque al poco tiempo limpiaron el baldío y pusieron media docena de medios tambores y ya la chica no hacía el asado sino que levantaba el pedido y cobraba, mientras que su compañero envolvía los pedidos y despachaba, a esta altura ya habían contratado a un muchacho que se encargaba de asar los pollos. Y la cosa pasó a mayores cuando la gente ya hacía cola para comprar pollos, lomitos, asado, chorizos, etc. de los mas de diez medios tambores en los que los dos asadores a esta altura, cocinaban a cuatro manos.

Y ocurrió entonces lo inevitable. Cayó un día en el que fui testigo porque estaba en la cola, una inspección municipal de salud pública y a pesar de la evidente higiene con que trabajaban, les exigieron una estructura mínima. Por lo que a la semana siguiente, ya habían construído una barra de cemento que ocupaba toda la esquina y en la parte de atrás dos parrillas muy grandes de ladrillos con chimenea. (tomá!)

el negoció siguió prosperando y al charlar con José un día, al preguntarle como se largaron a construir todo eso en un baldío me contó que el terreno lo habían heredado de una abuela y que su sueño era tener un restaurante. Sueño que poco después concretaron cuando vidriaron, techaron, y pusieron mesas y sillas en lo que se convirtió en una Parrilla-Restaurante, donde podías comer, llevarte la comida o pedirla por motomandado, porque también anexaron ese servicio y contrataron a dos pibes que hacían ese laburo.

Todo este proceso llevó 7 años aprox. Ayer me crucé con José y María y por primera vez los vi abatidos, habían perdido la alegría y la sonrisa que era su marca de agua. Me comentaron que habían vendido el auto para “aguantar el temporal” porque creyeron que la caída era pasajera y que en el segundo semestre, tal como había anunciado el presidente al que ellos habían confiado su voto, todo repuntaría.

Ahora ya no tienen empleados, el volvió a hacer el asado, ella atiende a los pocos clientes que cada vez son menos y me comentaron con profunda tristeza, que estaban por cerrar, porque no están pudiendo afrontar los impuestos y gastos fijos. Me despedí de José y María*, con un nudo en el estómago, las mandíbulas apretadas y acá estoy descargando mi tristeza y pensando en lo caros que pueden resultar algunos errores aunque en el medio haya habido buena fe.

*Los hechos son reales y los nombres fueron cambiados, por respeto a su integridad personal.

Daniel Arce