[PIEL NARANJA] POR JUANITA ROJA

Era pequeña y redonda.

Tras el brillo de sus ojos negros se insinuaba una historia dura. La conocí en una escuela. Estaba tratando de aprender a leer y escribir. Había venido desde Paraguay hacía diez años y se había empleado gracias a recomendaciones de una comadre en una casa de Barrio Parque, el corazón de la elite porteña. Isabel era la cocinera.

Un día me contó su historia. Su pasado campesino, su hambre, sus patas embarradas, sus días interminables y eternamente repetidos. Y me contó sobre aquel momento preciso en el que decidió partir.

Estaba sentada bajo un enorme árbol centenario, descansando unos minutos del trabajo a destajo. Miró el horizonte y se preguntó qué habría más allá. Sintió esa sensación de encierro que dan los lugares inmensamente abiertos. Pensó que el jornal sólo había estado alcanzando para comer y volver al otro día. Estaba de pronto consciente de algo: si no se iba, estaría condenada a repetir ese día para siempre, hasta el final.

Diseñó el plan. Enumeró necesidades. La primera, fue establecer un contacto. Sabía que una tía lejana se había ido para Buenos Aires. Averiguó dónde vivía, creyendo que todos los lugares del mundo eran como su pueblo. Recordó un nombre que le dio una prima: Campos 1234. Era fácil para la memoria, único anotador del analfabeto. Isabel no había ido nunca a la escuela, pero tenía esa destreza que tienen los que no saben pensar como enseñan en el colegio.

La segunda necesidad, por supuesto, era el dinero. Repasó posibilidades, y sólo encontró una. Así que a los pocos días no se presentó en los surcos. Se levantó a las cuatro de la mañana, como los demás, pero mintió una enfermedad. Soportó los insultos de una familia desacostumbrada a enfermarse que condenaba el atrevimiento.

Cuando todos se fueron, aún el más pequeño que recién había cumplido los ocho, durmió un poco más en su catre desvencijado. Luego, comió algo que había guardado especialmente para ese día; necesitaría fuerza, mucha. Sacó de una caja una bolsa celosamente sellada. En medio de la mugre, el piso de tierra, las camas de patas podridas por la humedad y el bicherío, apareció una bolsa cuidadosamente cerrada, como queriendo proteger su contenido de la humillante realidad donde le había tocado esperar, su oportunidad.

Y parece que la oportunidad finalmente había llegado. No era como Isabel la había soñado. No era para salir de allí rumbo a la iglesia y volver al rancherío casada y lista para parir indefinidamente hasta morir como su madre. No era para ir a una fiesta del pueblo. No era para caminar por la calle principal dispuesta a apoderarse de los ojos de los hombres importantes, y el desprecio de sus frígidas señoras, que se vengaban luego en secreto pasando el índice sobre los muebles mandándolas a limpiar todo de nuevo. Tenía sólo dieciséis, y ya sabía perfectamente que, ninguno de esos lugares, tenía lo que ella necesitaba: dinero rápido para escapar.

Se sentó lejos del rancho, llevó unas agujas e hilos, y con una tijera herrumbrosa, recortó aquí y allá. Ya no debía ser el vestido virginal que esperaba el amor y su tragedia. Ahora debía convertirse en el vestido fatal, que pudiera sacarla del infierno en el que por destino le había tocado nacer. Se lo había regalado la madre, y a ella su madre. Era un legado familiar para dejar de ser niña, y quedarse para siempre esclava. Así que reformarlo era un acto sacrílego y emancipador. Isabel lo sabía, y por eso se había ido lejos del rancho a coser.

Cuando terminó, lo guardó puntillosamente en la bolsa, y se fue al río. Estuvo sentada en la orilla, mirando su propio reflejo barroso durante más de una hora. Se lavó cuidadosamente, se acarició el cuerpo con la ternura que nunca podría sentir. Tal vez su madre y su abuela, tampoco la hayan sentido, pensó.

En plena siesta, se puso las botas de lluvia de un hermano menor. En una bolsa guardó unos zapatos que una vez había recogido en el pueblo de una canasta de beneficencia en la iglesia. No eran su talla, pero eran lo único que tenía. Se calzó el vestido, peinó su largo cabello y lo dejó suelto, sobre la espalda. Montó el caballo de la familia, atravesó la tranquera al paso, y una vez lejos, comenzó el galope. Era como una amazona en medio de la vegetación salvaje del Paraguay. Tenía dieciséis, y se frotaba contra la montura mientras galopaba un orgasmo. Era vírgen, y esa, fue su última oportunidad de imaginar al cuerpo exaltado de placer, sin manos gruesas que lo aniquilen.

Llegó a las afueras del pueblo, que no se sabe bien cómo se trazan esas líneas entre el adentro y el afuera de un pueblo miserable de frontera. Se dirigió directamente al cabaret del turco. Golpeó la puerta de hierro negra erigida en la entrada, como anunciando una fortaleza, mientras a unos metros, la madera carcomida había hecho huecos suficientes como para que pasen los perros.

A los pocos minutos, alguien abrió. Era alto, pestilente, olía a tabaco, a vino y a vejez, ese olor tan nauseabundo para alguien de dieciséis. Isabel era guapa, segura, así que habló sin rodeos: “quiero ser puta acá por un tiempo.” El hombre abrió los ojos embelesado. No podía creer que una presa tan apetecible hubiera venido a presentarse sola ante su cazador. En algún rincón de su miserable humanidad, sintió pena de tanta inocencia. Pero la supervivencia borra esos devaneos morales con más facilidad de lo que los evangelios creen, y la invitó a pasar. La hizo esperar en el salón principal, que a esa hora aún estaba vacío, mientras se iba en busca de alguien al fondo de un pasillo.

De pronto, cuando ya se encontraba a unos metros de Isabel, giró la cabeza y preguntó: – ¿sos virgen?- Isabel dudó. Pensó que no debía confesarlo para que no advierta su falta de experiencia, así que levantando la frente, como quien va a resistir a un invasor, lo miró a los ojos, y le dijo firme y alto: – No.
– Qué lástima- dijo el hombre a continuación, y agregó, como para que a Isabel le quedara claro que este mundo era perversamente impredecible – porque a las vírgenes se les paga mucho más-

Isabel se nubló de pronto, no entendía. Tragó saliva y esta vez, casi en un susurro, bajando los ojos al suelo, como quien ya fue conquistado y sometido, corrigió:
-soy virgen señor. Mentí porque pensé que era mejor tener experiencia-

El hombre se detuvo, giró por completo hacia donde estaba Isabel. Clavó en ella el fondo de sus cuchillas retinas durante unos segundos, sin hablar, sin pronunciar sonido, solo respirando a un ritmo preciso, certero, evidente, audible, amenazante. Sus jadeos cubrieron toda la escena, como el eco remoto de una bestia a punto de explotar en un rugido estremecedor.

El hombre viejo y hediondo, rugió:
– Negra de mierda, así que ahora porque te dije que las vírgenes cobran más, te hacés la inocente. – sorpresivamente y en dos pasos, estaba otra vez junto a ella, sacó un revólver de su cintura y lo puso en su cabeza, la obligó a arrodillarse frente a él, y a chuparle la pija, mientras le gritaba -chupá negra puta y mentirosa, chupá. que ahora te la voy a meter y si sos vírgen vas a dejar de serlo, y se acabó.-

Todo se nubló, Isabel sangró su vestido, y apareció en una habitación mugrosa, atada a una cama. Una mujer vieja, arrasada, con un rubor espeso y barato la sacudía para que volviera en sí. Estaba desnuda, nunca más vio su vestido. Le pusieron una bombacha de encaje rojo, portaligas, la pintaron como una marioneta, y la sentaron en la cama. Aspiró algo que la devolvió a este mundo, y vio un viejo en la puerta que agitaba su miembro ante ella.
Isabel estuvo allí dos años, encerrada como una esclava. Recibía sólo comida para no morir y poder trabajar al día siguiente. Como en el surco, pero peor. Su sueño de liberación la había llevado a un calvario. Tenía dieciséis cuando entró y dos años después parecía de cincuenta. Había visto demasiado.

Una siesta, sedujo al guardia. Lo tentó con un licor que le había regalado un cliente. Isabel había conseguido veneno para ratas, y lo mezcló con el licor. Inventó un juego erótico. El guardia cayó, bebió y murió.

Escapó. Tomó un vestido, se lavó la cara, se llevó la recaudación del día anterior, y se vino para Buenos Aires.
Aún recordaba la dirección de su tía. La buscó por semanas como busca un analfabeto en una ciudad ilustrada. La encontró durante un enero húmedo y caluroso. La tía la recibió con cierto estupor: Isabel había estado desaparecida durante dos años, y verla allí parada era como ver un ánima. Pronto Isabel ensayó alguna historia inventada, para ocultar esos años monstruosos que había pasado. La tía le consiguió trabajo como cocinera en un palacio de Barrio Parque. “La patrona llora todo el día.”- le refirió como único dato.

Pronto descubrió que estaba embarazada. Había sido sometida a tres abortos mientras sobrevivía como esclava sexual. Este era su cuarto embarazo. Necesitaba detenerlo para poder conservar el trabajo recién obtenido. Fue a una curandera. Le hizo un ungüento extraño y le dio de tomar algo que no supo jamás qué era. Al día siguiente amaneció desangrada. En el hospital zonal la salvaron, pero la vaciaron. A los dieciocho le amputaron su posibilidad de ser madre, y ya había vivido tanto, tanto, que parecía un espectro tratando de no morir de tristeza.

Por alguna extraña razón su patrona la acompañó en todo, la ayudó, le salvó la vida, y a través de ella, dejó de llorar.
Durante la siesta venía a estudiar. Y esa tarde en la que me contó todo, me contó también que tenía un amor secreto, una única historia de amor en su vida. Susurró con temor su pecado: algunas noches, sigilosamente, Isabel entra en la habitación de su patrona, y duermen desnudas y abrazadas. Se tocan las heridas. Esa era su historia de amor.

Tomado del muro de Juanita Roja

Related Articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Conectate

1SeguidoresSeguir
1SuscriptoresSuscribirte
- Advertisement -spot_img

Latest Articles